Erase una
vez en el oeste
Título
original: C'era una volta il west (Once Upon a Time in the
West)
Año: 1968
Duración: 165 min.
País: Italia
Director: Sergio Leone
Guión: Sergio Leone, Sergio Donati,
Dario Argento, Bernardo Bertolucci
Música: Ennio Morricone
Fotografía: Tonino Delli Colli
Reparto: Claudia
Cardinale, Charles
Bronson, Henry Fonda, Gabriele
Ferzetti, Frank Wolff,Al
Mulock, Jason Robards, Woody Strode, Jack Elam, Lionel
Stander, Paolo Stoppa, Keenan Wynn, Aldo Sambrell
Sinopsis: Brett McBain, un granjero
viudo de origen irlandés, vive con sus hijos en una zona pobre
y desértica del Oeste americano. Ha preparado una
fiesta de bienvenida para Jill, su futura esposa, que viene desde Nueva
Orleáns. Pero cuando Jill llega se encuentra con que una banda de pistoleros ha
asesinado a McBain y a sus hijos.
Comentario:
–
Armónica (Charles Bronson): ¿Te has convencido de que no eres un hombre de
negocios?
–
Frank (Henry Fonda): ¡Soy un hombre!
–
Armónica: ¡Una vieja raza! Vendrán otros Morton y la harán desaparecer.
–
Frank: Sí, pero el futuro no nos interesa. ¿Sabes por qué estoy aquí? No por la
tierra, ni por el dinero, ni por la mujer. He venido solamente por ti. Porque
sé que ahora tú me dirás de una vez quién eres.
El poder de fascinación de esta película queda
encerrado en este enigma. En quién era aquel hombre de la armónica que ronda a
Frank hasta que le llega la hora. El que le devuelve en la memoria sus muertos,
los que lleva sobre sus espaldas, los que reclaman un hueco en su conciencia
virgen al compás de una melodía metálica, lapidaria, una auténtica misa para
difuntos. Armónica es un interrogante con espuelas y rostro hierático, como de
piedra, que le viene a recordar al villano su final, el que siempre había
sospechado y nunca dejado de esperar. Frank y Armónica son dos pistoleros que
se reúnen para ajustar cuentas en el abismo, en el confín de un viejo oeste que
muda de piel abriendo su horizonte hacia una nueva época de progreso y
anonimato. Estamos ante una obra maestra de Sergio Leone: Hasta que
llegó su hora (1968), que bien podría ser la historia del nacimiento
de una nación, a vista de personajes mitológicos de todo buenwestern que
se precie.
En ese marco, con
la guadaña de una venganza que pende sobre los personajes protagonistas y una
era que toca a su fin aparece, más de dos horas antes, Jill, una bellísima y
astuta prostituta de Nueva Orleans (Claudia Cardinale) que trata de reunirse
con un antiguo cliente, el pelirrojo McBain, con quien se ha casado por
poderes. Encontrará que su marido y sus hijos han sido asesinados por el viejo
Frank (Henry Fonda), quien trabaja a las órdenes de un poderoso empresario,
Morton, que construye el ferrocarril hacia el Pacífico y desea apropiarse del
rancho de McBain, un emplazamiento estratégico para su proyecto. Jill defenderá
su propiedad y, para ello, encontrará a su lado dos extrañas compañías, la de
Cheyenne, un guasón y romántico forajido (inmenso Jason Robards), acusado
injustamente de la muerte de pelirrojo irlandés, y de un inquietante personaje,
Armónica (Charles Bronson), “que tiene algo dentro que sabe a muerte”.
El genio Leone acababa de terminar su Trilogía
del Dólar, la que le daría la fama, un pasaporte a Hollywood y un
presupuesto de cinco millones de dólares. Y lo mejor: el interés de uno de los
mejores actores de la historia del cine, Henry Fonda, quien quedó cautivado con
el cine del italiano. Hasta el punto de abandonar la integridad acostumbrada de
sus personajes para dejarse seducir por el lado oscuro del viejo pistolero
Frank. El villano, por excelencia
No hay absolutamente nada en esta película, hecha
de mugre, sudor y polvo que no sea tan sublime como épico, tan astuto como
desgarrador. Desde los personajes que nacen del arquetipo para hacerse humanos,
entre muchos otros factores, gracias a una bellísima y orgánica banda sonora de
Ennio Morricone (alma y víscera de la cinta), a la monumental construcción de
la historia, pasando por sus escasos diálogos, sobrios e impresionistas.
Leone es un director con una creatividad sin
límites y una pasión adolescente, que se entretuvo en esta cinta jugando con el
tiempo, acompañado en el guión ni más ni menos que por Darío Argento y Bernardo
Bertolucci. En ella, una de sus grandes proezas es el ritmo lento, cadencioso
del metraje, que viene marcado por una compleja maquinaria donde cada secuencia
es más corta que la anterior, con la lentitud y el estertor final de un animal
que agoniza, como diría de ella el propio director. Mientras, el intenso
lenguaje visual hace el resto del viaje hacia el Pacífico: el plano corto para
la disección de los detalles que crean atmósfera, los primeros y primerísimos
planos para ahondar en el dolor sin expresión, para descubrir el miedo, también
para hacer una última parada hacia el pasado. Los planos amplios, a lomos de la
grúa, que conducen hacia el futuro de una nación abandonando los tiempos de
tipos duros, lealtades incorruptibles, sangre y supervivencia.
Y es desde un flashback recurrente,
desenfocado y a contraluz, como emerge Frank en la memoria de Armónica justo
antes del duelo final, nuestra escena preferida del Séptimo Arte. Cuando
descubrimos, en medio de una orgía de guitarras eléctricas y de una armónica
que se desespera, que el vengador fue cómplice involuntario de un acto sin
perdón. El impacto es bestial, la tensión alcanzada nos deja en suspenso y sin
respiración hasta que un cruce de disparos nos devuelve bruscamente al duelo
que se hace presente. Entonces, llega de nuevo la pregunta: ¿Quién eres?
Bronson le devuelve el golpe, encaja la armónica en la boca de Frank, en su
viaje hacia el infierno.
La troika soprana formada por Sergio Leone, Dario
Argento y Bernardo Bertolucci elevó a la máxima exageración las coordenadas del
mítico oeste cuando en 1968 mezcló sus inabordables talentos para este mural de
sitios comunes y solemnidades coreografiadas convertido en obra cumbre
del western. Por los años transcurridos y las cosas de los
mitómanos, ha pasado a las fichas de las obras maestras que hay que ver si
quieres hablar del western con
algo de dignidad, aunque penséis que Centauros del desierto o La diligencia a su lado la convierten en un
aprobado raspado. Y hablar de ella podemos, pero para dejarla en el lugar que
le corresponde: el de la pureza sobredimensionada.
Hay que reconocer que la historia no engaña ni
desde su inicio, uno de los más parsimoniosos, tensos y si nos apuráis,
desesperantes, conocidos en el género: tres malotes desarrapados y con caras
ocres esperan en una estación de tren a otro personaje al que, ya adivinamos,
no desean ningún bien. Y esperan mucho, entre moscas temerarias, balanceos de
pies y gotas que desembocan en sombreros. Hasta que llega la hora en que
asistamos al primer duelo y por fin empiece la película. Decimos que no engaña
porque nos avisa de que a partir de ese momento esa va a ser la estructura de
este espagueti, esperar a que sus personajes empiecen a hablar, después de
mirarse mucho y muy fijamente todo el rato, y de dejar que suenen
estruendosamente las piezas de Ennio Morricone, lo cual también es de
agradecer, por supuesto, aunque en algunos momentos parezca que se va a abrir
el cielo.
Hasta que llegó su hora es la historia larga de una venganza larga
que en el camino se encuentra a otra más larga todavía. Armónica (un Charles
Bronson que no se vio en otra y que pese al calor parece como criogenizado
durante toda la película) quiere vengarse de Frank (un Henry Fonda de bellísima
presentación pero tan difícil de creer en papel de villano como Gregory Peck en Duelo
al sol). Jill McBein, de prostituto pasado (espectacular Claudia
Cardinale), quiere vengar la muerte de su recién estrenado marido, y para ello
irá como la falsa monea, que de mano en mano va, y ninguno se la
queda. Y el chulesco vuelta-de-todo Cheyenne (Jason Robards, el mejor de la
película) quiere que quede claro que no mata niños, aparte de regalar al
espectador todo un compendio de frases vitales y contradictorias. Y pese al
revanchismo y al odio, la mayor parte del tiempo no sabes por qué los personajes
hacen lo que hacen. Unos lo llaman suspense, nosotros perplejidad.
Es un ejercicio de género, de alabanza al polvo y a
la arena, de guión con mil acotaciones de cámara, de cuadros estáticos que
parecen casi medidos al milímetro, en escenas e interpretaciones, y en el que
todo suena tan trágico y contundente que te dan ganas de aplaudir aunque sabes
que solo estás oyendo soflamas, y que además no las dice Clint Eastwood, que es
quien las dice como dios manda. Sobre todo en lo referente a su tema de
trasfondo, la construcción del ferrocarril, donde ya comenzaban los problemas
de especulación urbanística que asolarían a todo un planeta. Solo que aquí
vemos los problemas del especulador, ajusticiado a golpe de sicario bien
pagado, y que consigue su sueño póstumamente por la suerte de su viuda de
encontrarse con tres tipos muy enfadados los unos con los otros.
Vemos el cine intentando escribirse con mayúsculas
entre sus largos minutos. Y vemos su legado, aunque acabamos asolanados de
un western imitando un western, esperando al trote un galope que no llega o
que llega cuando ya estamos rozando la arritmia. Que quede claro: amamos
el western, sabiendo que ha hecho tanto mal como bien,
como casi todos los clichés atados a una época y a unos tópicos que no permiten
su renovación, solo su revisión paulatina y redundante. Leone fue valiente en
este sentido y algo cambió con este film, pero a los 138 minutos de su obra
magna le sobran momentos, probablemente esfuerzos y también alguna que otra
mirada fija. Podría habérselos puesto a Érase una vez en América,
que nunca será suficientemente larga, o haberse conformado con sacar más jugo a
los estupendos actores con los que contaba y no retrasar, o por lo menos no
hacerlo sin tempo ni justificación, el
misterio final del rencor asesino de Armónica hacia Frank. “La calma es la
cualidad”, afirma el primero en las contadas cuatro frases que tiene. Nos falta
paciencia para esperar a que le llegue la hora. No somos virtuosos a ojos del
héroe, por lo visto.


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